El Playón, Estado Aragua: a pesar de que seguramente hay muchas historias desagradables y patéticas provenientes de este pueblucho, la que en esta ocasión nos atañe es esta que reunió hace unos 10 años a un grupo tan disparejo como el que conformaban este servidor, el único primo que me ha ganado la batalla en ser el peor ejemplo de la familia, un amigo malandro de éste, una tween que era algo así como la hija de una sobrina lejana de mi mamá (o cualquier retorcido vínculo de similar mañosidad)…
Y Brenda. Oh, Brenda. Al menos estoy bastante seguro que así se llamaba la pobre infeliz.
‘Enchave de un adolescente hormonalmente desequilibrado’
Aunque estoy seguro que lo único que le interesa a ustedes es brincar directamente hacia la parte de la historia en la cual yo quedo en ridículo, me veo obligado a incluir unos prolegómenos necesarios. Por ejemplo, un buen inicio sería contar que mi familia ha tenido desde siempre una casa en el pueblo aragüeño antes mencionado, el cual se ubica cerca de la Bahía de Cata que es, como algunos de ustedes ya sabrán, el equivalente para la plebe maracayera a lo que es el sucio Litoral Central para los caraqueños.
Yo siempre odié ir a esa casa pues el viaje implicaba un día entero de limpieza, noches plagadas de zancudos en la habitación más caliente e inadecuada para el descanso humano imaginable, y al menos 3 días atrapado con mi disfuncional familia. Por supuesto, no era como que mis objeciones tenían algún tipo de peso a los 14 ó 15 años que tenía en ese momento, por lo cual no había manera que no me arrastraran siempre en esos fatídicos fines de semana.
La detestabilidad de estos viajes solo se atenuaba un poco si alguno de mis primos nos acompañaba, y en ese particular fin de semana viajó con nosotros mi primo segundo César, par de años mayor que yo y una verdadera joyita: ilegítimo fruto de un viaje de mi prima a Canadá para estudiar inglés, residente de La Victoria y cuyo mayor logro en la vida es haber esperado a culminar el bachillerato –por parasistema, como a los 20 años– antes de comenzar a tener sus propios hijos ilegítimos (lleva 2, si no me equivoco). En fin, César a su vez se hizo acompañar por un pana que tiene la peor cara de hampón que he visto en mi vida -una especie de clon de Chuleta (el amigo de Condorito) pero negro- así como de su sobrenombre: El Lobo.

Por otro lado, mi mamá, que se saca familia de las mangas año tras año, por algún motivo que no podría explicarles jamás se trajo a una pobre e incauta niña, tímida, con cara de ratoncita que es quien viene a completar este cuadro. Su nombre creo que nunca me lo llegué a saber y por ende, para los fines de este cuento, nos referiremos a ella como La Ratoncita.
Ya adentrándonos en lo que es el cuento, éste comienza en la playa de Cata, cuya fealdad nunca le ha importado mucho a mis viejos y ante la cual yo también he sido siempre indiferente pues pudo haberse tratado de Los Roques y aún así la odiaría por estar de manera alguna vinculada con mis viajes familiares. Estaba tomando tragos de ginebra y jugo de naranja o ron y frigurt o cualquier otra combinación horrible con César, El Lobo y unas amigas wirchas de éstos llamadas muy posiblemente Zarinela, Yadmiluska…
…y Brenda. No crean que intento lavarme las manos asignándole un nombre poco mono a la chama del relato, juro que ese era su nombre. Creo.
En fin, la playa fue nula y luego regresamos a la casa para volver a salir en la noche, esta vez acompañados por La Ratoncita, para encontrarnos con las wirchas en el malecón del pueblo. La dinámica de interacción grupal esta vez tuvo dos variantes importantes: El Lobo como de 18 años cayéndole a La Ratoncita como de 12 y el comentario de mi primo, en una de esas que fuimos a comprar cervezas, que creía que Brenda estaba medio pendiente conmigo pero yo tendría que ser dulce con ella.
Dulce no sé si terminé siéndolo, pero de ese comentario en adelante las hormonas me obligaron a enfocar mis esfuerzos hacia la esperanza de perder la virginidad con la seguramente más experimentada Brenda. La tarea no se presentaba difícil pues la chica en cuestión estaba ya medio pasada de tragos para el momento en que nos montamos todos en un carro para ir a la casa que tenían alquiladas las wirchas… y en efecto, quizás fue solo un par de tragos más tarde que nos movimos hasta la parte de atrás de la casa para besarnos y mi mano entró en contacto con unos senos, muy posiblemente por primera vez en mi vida y todo. Ya recorrido este trecho fue fácil lograr que la poco convencida pero ya muy posiblemente ebria Brenda accediera a esperarme en su cuarto, tan solo tenía que encontrar un preservativo y con esa intención abordé a mi primo.
César no tenía condones, El Lobo tampoco y fue justo en ese momento en que yo me preguntaba qué carajo hacer cuando decidió acercarse La Ratoncita para pedirme que por favor la llevara hasta la casa. Como se imaginarán, se me complicó todo en ese momento y mientras vio a Brenda entrando sugestivamente hacia su habitación, le dije a La Ratoncita que se viniera conmigo para ver si en 15min podía dejarla en casa, encontrar un condón sin estrenar tirado en la calle y regresar a… eso. Sin embargo, y tratándose de mi vida, este no fue el curso que tomaron los eventos.
Como estuve distraído durante el camino entre el malecón y la casa, no me fijé exactamente dónde estaba esta. Ahora, El Playón no es muy grande y yo lo conozco bastante bien, por lo cual solo tuvimos que trastabillar en la oscuridad absoluta durante unos 45min o más para llegar hasta mi casa. Sí, todo ese tiempo crecía exponencialmente mi tensión e impaciencia y queso y ansiedad, por lo cual me apuré en dejar a La Ratoncita y regresar corriendo (literalmente) hasta la casa para ver si aún había una oportunidad de obtener placer sexual esa noche… pero como dimos tantas vueltas en el camino de ida, no me quedó otra manera de ubicar la casa de las wirchas que ensayar y errar a lo largo de muchas cuadras, muchas de las cuales ya había caminado minutos antes y ahora aceleradamente revisitaba en sentido contrario mientras me preguntaba que carajo iba a poder hacer sin condón.
Al final encontré la casa. Como a las 3am, una hora y media o dos después de haber salido… sin preservativos… todo sudado después de pasar la última media hora trotando… y aún así, horny. Como Christian Bale en American Psycho, me dirigí con determinación hacia la habitación de Brenda y abrí la puerta, sin prestarle mucha atención a las otras 2 personas que dormían en las camas adyacentes, y suavemente me acerqué al arropado bulto que se me pareció a Brenda y susurré su nombre al oído mientras hacía contacto muy sutilmente con su hombro…
‘Brenda…’
Al no percibir reacción alguna de la chama, subí el tono tanto del susurro como del contacto físico. Un par de minutos después, cuando ya estaba simplemente hablando y jamaqueando fuerte a la chama, acepté que o el alcohol había acabado con su resistencia o la chama se había arrepentido del acuerdo y simplemente prefirió hacerse la dormida de manera poco convincente. Qué diablos, ya en retrospectiva supongo que despertar a Brenda o como se llamara en medio de una pea para convencerla de que me practicara una felación mientras yo la toqueteaba tampoco era el plan más exitoso del mundo.
Salí del cuarto como Napoleón de Bélgica, solo para echarme en un sofá a tomar una birra mientras El Lobo me reprochaba que le debí haber dado las llaves de la casa para llevar a La Ratoncita mientras yo me quedaba aprovechándome de Brenda… lo cual me medio sacó del maltripeo, reconfortándome con el hecho de haber evitado esa noche una muy probable violación del cara de hampón ese a la pobre e inocentona tween.
Epílogo:
Eventualmente, con otra chica y empleando un preservativo, el autor de este relato perdió su virginidad.











































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