Ya saben de qué se trata esto, y saben también que hacer: ignoren toda la paja que escribí yo (la cual esta vez es que jode) y pasen directamente a los comentarios para echarle los perros a Gabriela – aka Gavy – y Alvimar – aka Alvi.
“Recuento de una semana santa para el olvido”
La semana santa de este año me agarró en la ciudad de Quito, República del Ecuador, y comenzó como casi todos los cuentos de mi vida suelen terminar: con una decepción. Esto se debe a que tuve que trabajar durante dicha semana hasta el jueves, lo cual arruinó mi proyecto de lanzarme el viaje hasta Lima y no me dejó mucho tiempo ni motivación para cuadrar una salida de la ciudad para los restantes días viernes, sábado y domingo. Sin embargo, decidí dejarme influenciar por el consejo de un pana del trabajo y una recepcionista del hotel (la cual está divina y andaba en ese momento con un pistón peligroso) y opté por ir a un pueblo que se llama Baños de Agua Santa, o simplemente Baños. Dicho pueblo queda en medio de la montaña, está rodeado de ríos, cerros, cascadas y es un excelente point para hacer eco-turismo, por lo cual durante el asueto el lugar se encontraba lleno de turistas europeos y ecuatorianos que visitaban el lugar con la intención de hacer rafting o bicicleta montañera downhill los primeros y bailar reguetón los segundos.
Compré mi pasaje el viernes santo a las 2pm en el equivalente a nuestro Terminal de La Bandera pero (tristemente) mucho más bonito y mejor mantenido, y salí en 15 minutos con un libro de Umberto Eco, un discman – fuck tu aiPod, Ortega – y el disco ’Rearviewmirror: Greatest Hits 1991-2003’. Sin embargo, hay que recordar que esto es, después de todo, Latinoamérica; así, el maldito chofer del autobús decidió que lo mejor que podía hacer media hora después de haber abandonado el Terminal Terrestre de Cumandá era compartir su salsa y reguetón con el resto de los pasajeros a un volumen mucho más alto de lo que me hubiese agradado, por lo que me vi entonces obligado a desestimar las recomendaciones de todos otorrinolaringólogos de la historia y subí el volumen de mi música a niveles insalubres, como un acto de rebelión en contra de mi entorno pero cuyas consecuencias solo sufrí yo.
Afortunadamente, esta desgracia duró tan solo como media hora pues se prendió una TV que estaba pegada al techo en la parte delantera del autobús y se interrumpió la pachanga. Recordando cierta ocasión en que un autobusero me hizo calarme una película mexicana en blanco y negro desde Barquisimeto hasta Caracas, no tenía muchas expectativas sobre lo que vería a continuación, pero no hay manera de transmitirles el sentimiento de sorpresa y satisfacción que se apoderó de mí cuando las siguientes letras blancas se plasmaron sobre una pantalla negra:
Sylvester Stallone
in
RAMBO III
Además, estaba doblada al español. Guardé el discman, saqué mi botella de agua y me tripeé esta perla cinematográfica (dedicada al valiente pueblo de Afganistán, imagínense) que ha sido injustamente olvidada por casi todos excepto los nobles programadores del espacio Cine Millonario. El enchave fue cuando estábamos llegando a Baños y el chofer decidió montar más gente en el autobús, quienes tuvieron que viajar de pie y me bloquearon la pantalla durante los últimos 10 minutos de película.
En fin, me bajé del autobús como a las 5pm y ya había un cogeculo en las calles, por lo cual no fue posible encontrar una habitación para pasar la noche. Dado que no soy alguien que se va a poner a maltripear por estas cosas, decidí dar una vuelta para ver el pueblo y quizás hacer planes para el día siguiente. Había un par de spots interesantes, una cascada bien arrecha que iluminan en la noche, un edificio en forma de cono de helado, una iglesia como de 200 años en cuyas paredes se narra un poco de la historia del lugar y sus frecuentes encontronazos con el Tungurahua, volcán activo en cuyas faldas se ubica. Decidí que esa noche subiría a un mirador para ver el pueblo y con algo de suerte, presenciar algo de actividad volcánica, al día siguiente alquilaría una bicicleta y recorrería las cascadas. Ya tenía unas 3 horas en el pueblo, decidí pararme en el café más decente que me encontré para comer algo y evitar pensar en que me tocaba dormir una vez más en una acera.
Por ningún otro motivo sino antojo opté por sentarme afuera, tomando la mesa más grande aunque estaba solo. Apenas le llegué a meter 2 mordiscos a un sándwich cuando llegaron 5 chamas post-adolescentes, grupo al parecer suficientemente grande como para que la única mesa en que se podían sentar era la mía y yo, poco egoísta como de costumbre, ofrecí compartir. Esas cosas tienden a llevar a otra y terminé descubriendo que se trataba de 3 primas ecuatorianas (2 estaban ricas) con 2 amigas norteamericanas (1 estaba rica) de una de ellas. Habían viajado con su familia y se estaban quedando en casa de alguna de las primas, por lo que mi plan de usurparles un trozo de techo estaba destinado al fracaso. Pero bueno, quizás no todo era tan malo pues las jevas me adoptaron como parte de su grupo y decidieron venirse al mirador conmigo esa noche.
Una vez en la montaña, había burda de gente y estaba tan nublado que no se podía ver siquiera el volcán y mucho menos si había alguna erupción. El pueblo sí se veía de pinga, y pude aprovechar al menos el tiempo para iniciar pistonearle a la más rica de las primas, una niña de 20 años. Bajamos y después que una de las primas se vio obligada a irse pues era menor de edad, mi grupo pasó a estar conformado por 4 jevas, la mitad chévere y una ya pendiente.
Más o menos en este momento fue cuando empezó a llover, literal y metafóricamente, lo cual no cambiaría por el resto de la noche. No pude convencer a las chamas para entrar a un bar donde sonaba alguna canción de los White Stripes y más bien me vi arrastrado a una discoteca estándar donde sucumbí ante la obligación moral de bailar reguetón con la prima chévere. Hey, como me enseñó un apreciado amigo, el reguetón es una herramienta, jódanse. La prima fea estaba tranquila por su cuenta – y sinceramente no me importaba mucho si no lo estaba – mientras que las 2 gringas estaban felices embriagándose y bailando con el primer indio que se les acercara, era como el episodio más triste de la historia de Wild On.
Alrededor de las 4am las chamas tiraron la toalla y decidieron irse, por lo que no me quedó otra que montarme en el taxi con ellas y acompañarlas hasta su casa. No, la prima chévere no se dejó agarrar, pero hicimos planes para vernos al día siguiente. De regreso, el taxista me quería cobrar demasiado por lo que decidí caminar, mojándome en el proceso y comenzando ya a maltripear. Llegué a la misma calle de donde había salido unas horas antes, me compré una cerveza en el bar de los White Stripes y me eché en la acera, acompañado por un poco de gente hasta que la policía echó a todo el mundo. Fue así, mojado, cansado, sólo y con una birra caliente en la mano, que una figura se las arregló para trastabillar a lo largo de la calle sin caerse hasta que llegó a mi lado y se instaló, muy en contra de todos mis deseos. Se presentó como Sandro, yo me presenté como Amílcar.
Sandro es un ecuatoriano borracho, gordito, de aproximadamente 1m50 de estatura y cabello largo recogido en una cola de caballo, quien se empeñaba en repetir incesantemente que pertenecía al servicio secreto ecuatoriano y aparentemente estaba cumpliendo alguna misión que lo llevaría a Chile, para los fines de la cual se hacía pasar por artesano. Me narró algún encontronazo que tuvo esa noche con la policía local cuando lo encontraron – sorpréndanse – en estado de ebriedad, me habló un poco más de cumplir su misión, yo le di lo que me quedaba de cerveza para ver si desaparecía pero eso más bien afianzó la amistad y creó un vínculo que nos uniría por lo que quedaba de madrugada. Además, por algún motivo que desconozco, este pana se empeñó en que yo era también un soldado que estaba ‘cumpliendo mi misión’ de manera undercover. A pesar de un par de intentos más de sacudírmelo, me tocó caminar un par de veces alrededor del pueblo y conversar como 1 hora sobre nuestras respectivas misiones hasta que por fin mi estrategia de cansarlo dio resultado y Sandro decidió irse a dormir y dejarme en paz (si quieren su mail, me lo dio como ‘sandromoya arroba punto e ese’). Me busqué, pues, un espacio seco de acera para maltripear los pocos minutos que quedaban hasta el alba.
Contra todo pronóstico, encontré un escaloncito muy acogedor, de madera y todo, y me eché un rato a observar mientras los indios salían de sus habitaciones y caminaban con destino incierto. Al mismo tiempo, caía en cuenta de que estaba botado en medio de los Andes en algún lugar que no podría señalar en un mapa, maltripenado duro, EMPAPADO hasta los huesos y pasando un frío hijo de puta, con unas 24 horas seguidas sin dormir a cuestas y con el ratón moral de haber bailado reguetón sin el consuelo al menos de haber concretado con la chama. Salió el sol y pasé la mañana en la iglesia por ser el lugar menos frío que encontré, tratando de dormir en la posición menos incómoda y delatante posible mientras escuchaba un rosario de fondo. Demasiada roncha inclusive para mí, por lo que cuando la gripe de la cual estaba apenas saliendo en esa semana se empezó a reactivar, tuve que ceder al sentido común y regresé a la capital unas cuantas horas antes de lo previsto, mandando al carajo a la prima chévere y al volcán fraudulento y a Sandro.
Dormí durante todo el camino de regreso a Quito y al llegar me duché, almorcé y dormí, lo cual me privó de salir con la recepcionista pero no es algo por lo que me iba a dar mala vida en ese momento. Además, me la terminé agarrando durante mi última hora en Ecuador, a manera de despedida.











































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