versión de marianela:
La noche comienza más o menos así: yo, que luego de pensarlo con suficiente antelación, había elegido cuidadosamente mi atuendo, a la hora de empacar las cosas e irme a casa de Ale, dudé. Moría del hambre, así que me fui caminando hasta De Cándido Express a comprarme unas empanaditas de queso y un six pack de Soleras (verdes, siempre verdes) para calentar con las hermanitas Simancas. También compré cigarros. El chamito que empaca, o sea, el “packer”, me deseó buenas noches, buena semana, buena vida, que me ganara un Kino y que volviera pronto. Atravesé la calle y no tardó en aparecer un bus de San Jacinto en la esquina.
En Delicias con 69 todo estaba crudísimo, pero, en menos de una hora, comimos, calentamos, nos vestimos, nos maquillamos, cuadramos el transporte y hablamos con uno de los artistas invitados: Jode nos dice que están comiendo en Mía Pizza, que se cambiaban ahí (¿en el baño de Mía Pizza?) y se iban a Rasta. “Nos vemos allá entonces”, fue lo último que le escuché decir a Ale antes de trancar y bajar a esperar a nuestra amiga.
Gaby es una de esas chicas populares. Una de esas mujeres que se pueden catalogar como “un paquete completo”. Gaby es juez de lunes a viernes y de viernes a domingo es una fiesta. Cuatro jevitas en un carro… lo que algunos llaman “un bonche impelable”. Gaby conoce a todo el mundo, así que pasa de una vez. A nosotras, es decir, a Ale a Victoria y a mí, nos piden cédula, nos revisan las carteras y nos miran de abajo a arriba, sobre todo después de darles la espalda (los hombres parecen no haberse dado cuenta aún de que podemos seguir sus miradas en el reflejo de los vidrios). Estamos adentro.
Yo tenía mucho tiempo sin ir a Rastabar, pero me habían hablado de cambios. Solera en mano, nos dispusimos a ocupar una mesa. “Lo siento –nos dice uno que atiende–, pero para sentarse tienen que pedir una botella”. Nos levantamos y un tal Antonio o Alfredo nos señala una mesa en el fondo del local. “Allá pueden sentarse”, nos dice. “Hay cosas que ni el poder de una falda puede cambiar”, pienso, mientras nos acomodamos en una mesita de madera desde donde casi no se puede ver lo que sucede en el resto del lugar.
Por supuesto, siempre hay alguien conocido. Un adolescente amigo se nos acerca a saludar. Se instala. El Adolescente es un muchachito tranquilo, simpático y, sobretodo, bohemio. La cuestión está en que se enfrasca a veces en los temas, como si sufriera de un pequeño problema de incontinencia verbal. Gaby se para a saludar a una gente, Ale la sigue con la excusa de ir al baño o buscar una cerveza o algo así. Victoria y yo hablando con El Adolescente. Más bien él hablándonos a nosotras. Entre el ruido, yo lo escucho como un eco, o como si me hablara a la orilla de una playa despejada donde el viento sólo me permite captar algunas palabras; el resto es ininteligible. Asiento, eso sí, cada cierto tiempo, hasta que lo escucho preguntarme “¿por qué la búsqueda, Marianela? ¿por qué siempre pareces estar buscando algo?”. Si hubiese cambiado el algo por alguien hubiese dado en el centro justo, en el blanco móvil de mi abstracción en ese momento.
Llega Majo a la mesa con la silueta de la cara de Gianko estampada en el medio de los senos. “Groupie total”, recuerdo que pensé. Me dice que la lluvia lo jode todo. Yo ni sabía que llovía. “Estuvimos en Capirugente y en Palermo y por fin nos vinimos para acá”, me dijo. Estuvimos, me aclaró, quería decir Móder, Sylvia, Sylvia, Kid Navajas y ella. Artistaje total, pues. Sin pensarlo, sin un poquito de consideración ni remordimiento, me levanté y le dije “Majo, vamos a saludar”, y fuimos. Miré a Victoria a la cara por un segundo y ella me vio, con unos ojitos de cordero, desaparecer entre la gente. Sí, la dejé sola con un “paquete chileno” a cuestas o más bien al lado y aunque El Adolescente no se las dé de chileno sino de francés.
Y entonces Móder se voltea con unas cervezas en las manos (verdes también). Hacía meses que no nos veíamos y nos saludamos con un abrazo. Me presenta al resto de los artistas invitados y nos quedamos todos ahí hablando y bailando y riendo. Un buen rato después llega Jode con Yaramí. Veo un movimiento rápido entre la gente y más allá a Móder que abraza a un tipo flaco y alto, con lentes oscuros y un tapaboca al mejor estilo Michael Jackson. Por supuesto que era Gianko, el ídolo más esperado de la noche.
Para el momento en que empieza a sonar la pianola ya yo estaba muy entrada en cervezas como para recordar ahora la canción. En algún momento cantamos y bailamos Lemon Tree. De repente la música para y se escucha la voz de Gianko decir “Alejandra es solicitada en la tarima, Alejandra, por favor…”. Y la niña, ni corta ni perezosa, se acerca. Nosotros, que no nos habíamos despegado de la barra en toda la noche, acudimos también, como zombies, a ver el espectáculo. A Ale le ha dado ahora por ser más pudorosa en público, creo que está creciendo, así que solicita que Victoria, su hermana, la acompañe en el baile. Entonces empieza a sonar un tema popularizado por el orgullo de la Costa Oriental del Lago: el conjunto Gran Caribe. Se trataba, por supuesto, de la popular canción de Dale Cintura. Una tercera chica se sube al escenario e intenta robarse el show infructuosamente. Yo, por unos momentos, me alejo y me transporto a un autobús de Maracaibo a Tamare, acompañada del que era entonces mi novio, y en el que durante todo el camino sonó un cd del Gran Caribe, en vivo desde Carora, y al ritmo del cual una niñita, una pulguita de no más de cinco años, movió la cintura con una soltura que hasta yo se la envidiaba. Pero el tipo a cargo del sonido me hizo regresar diciéndome que le quitara el brazo de la consola. Miré alrededor y ahí estaba uno de los artistas invitados, señalándome la tarima con la cabeza y diciéndome que me montara yo también a menear lo que Dios me dio. Yo cavilé un momento, midiendo una vez más los centímetros que separaban mi rodilla del borde de la falda. Por un instante me vi montada, moviéndome como si no me importara nada más en el mundo que bailar, ni siquiera que un montón de desconocidos me vieran las pantaleticas anaranjadas –combinada, eso sí, como siempre, combinada… por aquello de “uno-nunca-sabe”– que se ocultaban debajo, pero respondí: “lo siento, amigo, no soy tan pública”.
Creo que después volvimos a la barra, pero esa noche se difumina en mi memoria. Recuerdo las luces encendidas y recuerdo que salimos. Recuerdo también que Gaby se había ido y que hablábamos todos afuera. En mi cartera quedaba un billete de mil bolívares, lo justo para pagar el San Jacinto que me devolvería al otro día a mi casa. Sentí a Ale tomarme del brazo y arrastrarme hasta un taxi. Y así, por la calle aún húmeda, se desvaneció mi visión de la pequeña invasión miniPLUG a Maracaibo.








versión de JoDe:
Esto no es precisamente lo que pasó, es más o menos como lo recuerdo. Me desperté el sábado a eso de las 7:00 a.m. con terribles ganas de no aparecerme por la oficina, sin embargo, ya había decidido no ir a Maracaibo, me resultaba algo complicado, la verdad. Finalmente decido realizar una llamada a los ídolos a ver que tal está el clima. Diablos, Gianko no contesta, llamando a Yaramí:
- Alooooó… (voz de ultratumba)
- Qué más Michael Jordan? Cómo está Maracaibo?
- Estoy en Barquisimeto… (mejor voz esta vez)
- Y esa vainaaaa?
- Porque yo trabajé ayer, idiota!
- Ah cierto, y Gianko sí se fue?
- No, anda con el poporo ese que le salió en el cachete y no sabe aún si va.
Pensé que eso de no lanzarme a Maracaibo era la mejor decisión posible, especialmente porque hasta el mismo sábado en la mañana no se sabía si habría recital o no. Pocos minutos después Gianko me envía un mensaje diciendo que le estaban sacando la sangre por lo que no atendió y que a eso de las once la doctora le notificaría si podría viajar y, bueno, “cantar”. Moví unas teclas para no tener que ir a la oficina y da resultado. Llamo a Yaramí y me dice que su autobús sale a la 1:45 p.m. pero que si yo voy pues se va conmigo, al final era más cómodo encaramarme el piano a mí que llevarlo él. Con toda la calma posible salgo de Valencia a las once aún sin saber si era médicamente posible para el ídolo calarse el trajín. Pasando por San Felipe me llega un mensaje de Yaramí:
“Que la estrellita sí puede viajar, que a qué hora llegas”
Una y media, calculo yo. Otro mensaje, esta vez de Gianko:
“Q si mi hermana kbe”
Claro que sí, vuelvo a calcular. Finalmente cumplo con la hora, se me olvida cómo llegar a la casa de los Olivieri lo cual valió la pena porque en el siguiente semáforo me encontré a un viejo como de 90 años saltando la cuerda mejor que Rocky Balboa. Una vez en el apartamento y luego de 2 horas, 7 llamadas de Yaramí y 11 por parte del manager al fin logro sacar a los hermanitos de su cueva y me lanzo a casa del Yari Yankee que queda más o menos por donde enchufan el sol allá en Barquisimeto. Apenas terminamos de cuadrar el piano y los bolsos en la maletera nos llevamos un regaño estilo papá con boletín escolar en mano lo cual nos hizo permanecer callados por las siguientes 2 horas de camino.
Por fin Maracaibo, 7:30 p.m. sin saber qué hacer primero o dónde ir. Decidido, primero al hotel a buscar al manager/sonidista/roadie y de allí a probar sonido en Rastabar donde ya se encontraban dentro unas groupies que no perdieron oportunidad de fotografiarse junto al poporo del idol. Pizza, cervezas, llamadas de Pandebono y Alejandra, casi media noche, hora de cambiarse. Mientras me quedo en la pizzería con birras y la C.S.I. (ese es otro cuento) las estrellas suben a la habitación. Se desparrama una lluvia que me hace pensar que lo iba a joder todo. Subo a la habitación, me ducho y me visto y aún el idol peinándose, el manager no lo puede creer, ya es la 1:00 a.m.
Una vez en Rastabar la cosa se puede resumir en las siguientes frases:
Mirá al coño, ve! Viene disfrazado de Michael Jackson.
– una fan ahí al entrar el idol.
Pide que yo pago.
– La CSI en la barra.
Le jalé bolas a Esther para que viniera y tú te traes a otra caraja.
– Majo.
Coño de la madre, dejé la charrasca.
– Yaramí antes de bajarse del carro.
QUIEN ERES TU!?!?! BAJATE!!! SEGURIDAAAAAD!!!
– Gianko dirigiéndose al único marico en la vida que le ha dado por querer subirse a la tarima.
Ya vengo, voy a joderle la paciencia al manager.
– Majo.
Toque de Cachicamo en Maracaibo donde Alejandra no se quite la ropa en la tarima no es toque de Cachicamo.
– Gianko al micrófono.
Me voy a mi casa porque ya estoy borracha… o es que me vais a sacar fiesta?
- Alejandra en las afueras de Rasta Bar.
Y así, eso de “me vais a sacar fiesta” se convirtió en mi frase favorita del viaje. Nos fuimos a dormir a las 10:30 a.m. y luego de almorzar los mejores patacones de la historia de miniplug en Maracaibo salimos a las 4:00 p.m. de regreso.
Como parte curiosa del viaje debo agregar – a petición de manager – que antes de partir boté la tapa del aceite del motor de lo cual nos vinimos a percatar a mitad de camino. En algún lugar desértico de la vía conseguimos una tapa genérica, aceite y tirro parejo lo cual nos sirvió al menos para llegar a Barquisimeto, tan bien nos quedó el improvisado trabajo de mecánica que aún no se lo he quitado nada más para ver cuánto aguanta.

















































