
Viniendo de un país de idiotas, como lo es Colombia, no me fueron extrañas las exasperadas reacciones por parte del vulgo culturalista al calificar en nuestro programa radial las canciones del disco de Paris Hilton como “excelentes” o “maravillosas”. Aún menos sorprendente fué la indignada respuesta de los jóvenes “educados” al tocar estos deliciosos temas en diferentes antros de la nación en las fiestas de BZC. Lo que sí me ha extrañando es encontrar estas majaderías intelectualistas saliendo explosivamente de boca de personas provenientes de diferentes latitudes del globo. La primera y gran brillante premisa de estos culture-nazis es algo por el estilo de: “¡pero es que la Hilton no debió haber ni cantado en su disco!”; o “¡Quién sabe quién le escribió esas canciones, por que ella no fue!”. Estas frases vienen de personas que, mientras visten su recién adquirida camiseta de los Sex Pistols, veneran a Andy warhol como el gran prócer del arte moderno y seguramente poseen algún librajo con sus obras en la sala de sus casas para aparentar inteligencia ante sus invitados. El mensaje de Warhol (de que cualquiera puede ser un astro de las artes sin haber tocado un pincel en su vida) o el de los Sex Pistols (de que cualquiera puede ser un astro del pop sólo con utilizar a su favor las herramientas mediáticas de su tiempo), con casi 40 años de existencia, no han podido penetrar las macetas cerebrales del desparpajo que es el colombiano moderno. La idea de forrarse en billetes con el menor esfuerzo posible aparece peligrosa ante estos mequetrefes laboristas, que aparentemente miden el valor del producto por la cantidad de esfuerzo o trabajo manual necesario para su elaboración. Ese peregrino moralismo artesanal cristiano del “eterno trabajador”, del valor relativo a la dedicación del peón, está plasmado en todas y cada una de estas reacciones de desprecio hacia una simple canción.
De lo que más me maravillo es de cómo el simio colombiano escoge sus batallas. Esta vez, seleccionando como enemigo cultural número uno a la Hilton y no, por ejemplo, a Gwen Stefani. La Stefani se ha hecho una fortuna escondiendo la vergüenza que le causa ser una tibia y blanca americana detrás de un disfraz multiculturalista (pintado de raperos y asiáticas) y, además, como buena negociante que es, no compone ni graba instrumento alguno en sus discos, y su voz está más digitalmente trastocada que cualquier foto de portada de revista rosa. Su única función “artística” es planchar su imagen sobre cuanta prenda, fragancia, foto o video pueda, y le funciona de maravilla. Igual proceso practican los clones indie que pululan en las publicaciones juveniles y canales musicales, llámese The Strokes, Bloc Party o demás. Sus producciones sonoras son el producto de una infraestructura gigante de compositores, arreglistas, productores, ingenieros, diseñadores, abogados y gerentes trabajando en conjunto para sacar un condenado álbum, el cual no refleja nada de lo que en realidad los cuatro babosos de la banda pueden lograr en vivo. Aun así, el blanco sigue siendo la reina de los paparazzi: Paris Hilton. Ella, ante los ojos del crítico iracundo pretendidamente ilustrado, es la única que retoca su voz digitalmente y que tiene detrás un multimillonario equipo de producción, y por eso debe ser crucificada.
Si el arte es un reflejo de un momento especifico de la sociedad, ¿no es entonces la superficial desfachatez (que raya en lo politamente correcto) de Paris Hilton, plasmada en todos los formatos posibles, exactamente eso? Una radiografía exacta de una sociedad obsesionada con el status, la celebridad, el entretenimiento y la imagen. Todo acerca de su persona es la obra en sí: una campaña mediática y un engranaje visual sin precedentes: el sueño dorado de Warhol o John Lydon (la Imagen Pública Corporativa). Es ahí donde creo que se encuentra el problema: a este ser primitivo que es el neonazi-culturalista le da vergüenza verse retratado y por eso ataca con rabia cualquier reflexión de su imagen. De ahí que las juventudes hitlerianas modernas condenen el reguetton como si fuera un invento satánico; pues les recuerda la verdadera cara de lo que es ser latino hoy en día: sueños de Miami, mujeres operadas, el exagerado impulso macho-sexual y el afán de ventilar la buena vida que viene con el gran dólar. En este caso, les es más conveniente abortar la realidad disfrazándose de electrónicos, rastafaris, indies o punks y atacar cualquier manifestación que les recuerde la situación real y generalizada de su entorno.
Por otro lado, resulta curioso cómo una serie de sonidos y silencios puede llevar al más “librepensador” de los jóvenes a convertirse en una bomba de tiempo andante en cualquiera de nuestras ciudades. La música, que no es más que un estimulante neuronal, ha sido apropiada por la juventud colombiana de manera sistemática, disciplinada y casi militar. Llegando al punto de mover multitudes a adoptar un maldito género musical extranjero como “estilo de vida” y, prácticamente, negando la apreciación de la canción como tal: como el conjunto de sonidos condensados en esos 3 minutos de reproducción magnética o digital, sin importar si el que canta es un hombre o una mujer, un loro parlanchín o un maldito robot. La mayoría de los que condenan a la Hilton no se han regalado el momento de oír, desvestidos de sus estúpidos prejuicios, alguno de los 11 intoxicantes éxitos compilados en este Larga Duración. Para probar esto, entonces, tomo el sencillo “Stars are blind” en pro de descifrar la estolidez de los argumentos pronunciados enérgicamente por estos intelectuales de iPod. El tema en cuestión es una brillante ejecución del más puro rocksteady jamaiquino, dejando atrás el sonido saturado de techno barato (ala Maddona) o de falso R&B contemporáneo (Britney y clones) que caracteriza las actuales carteleras pop; los productores en “Stars are blind” han trabajado la delicada instrumentación calypso y el skanking beat de una manera que conserva (o mejor aun: emula, en este caso) el grano de esas antiguas grabaciones del legendario Studio One, dando espacio suficiente para que la pegajosa melodía de la línea vocal se mueva como brisa de playa por la pista, ofreciéndonos una prueba más de que la maquinaria mediática moderna lo puede todo, hasta ponernos a bailar. Ahora, si esta canción fuera distribuida bajo la autoría de Gwen Stefani, Blondie o los idiotas de Sublime, no dudo ni un segundo de que los culture-nazis alternativos la adoptarían sin problema, pero no: Paris Hilton no tiene derecho a producir música; pues así está pinchando la burbuja culturalista en la que se encierra este elitismo farol.
Como lo dije al principio, Colombia es un país de idiotas cuyo moralismo artistoide no tiene límites y cada día va más en acenso. El próximo 17 de noviembre las tropas culturalistas colombianas marcharán de vuelta a casa decepcionadas, después de haber gastado millones para sentirse inteligentes por media hora, viendo de lejos (y con más de 10 años de retraso) a una aburrida esquimal, que no sabe ni en qué país está, chillando sobre una aún más aburrida música, cuando en realidad lo que desean es estar bailando reguetton con Paris Hilton. Subirán sus fotos a sus comunidades virtuales para hacer pública su reveladora experiencia cultural y al otro día volverán a donde su sagrado capataz a seguir trabajando, y así, poder pagar el próximo tiquete que les prometa llevarlos al cenit intelectual.











































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