Para inaugurar la nueva etapa de nuestra abandonada sección “Artistas Invitados”, la cual promete en los próximos meses invitar más artistas que nunca, tenemos a una leyenda.
Newton no sólo es uno de los personajes más reconocibles y peculiares de la fauna caraqueña actual, donde el que no lo conozca definitivamente no sale de noche y evidentemente no estudia en la Central, también ha estado en presente en la blogósfera venezolana desde la prehistoria con su siempre activa Parafrenia.
En esta ocasión Newton se apropia de la crónica como género y nos trae un retrato de lo que podría ser un día en la capital para cualquier joven caraqueño, que además consideramos sirve de contraparte al último de estos videos, el cual muestra a la gran ciudad en sus inicio, antes del caos.
CCS (nunca seré objeto de envidias)
por: Newton
Introducir en esta historia un cuento como el de vivir en una ciudad donde todo lo que uno hace es un acto de fé ciega hacia las potencias del cielo sería tan perjudicial como decir que la lucha contra la naturaleza humana es justamente la significación que tiene la vida dentro del marco humano que ejerce la naturaleza sobre nosotros.
La forma de vida en CCS simplemente escapa de cualquier interpretación histórica-política-cultural que se halla pretendido con cualquier otra ciudad: es imposible calificarla sociologicamente sabiendo que ninguna teoría económica-científica dará con un resultado satisfactorio en cuanto a darle explicación a ciertos fenómenos del orden animal que suelen sucederse en esta ciudad.
Levantarse con la luz de un sol primaveral y echarse un baño de agua helada es una de las poca cosas que me gustan de este lado del planeta (o de este intermedio de planeta) pero cuando giras la manija de la regadera… ¡plink! Ahí esta… ni una gota de agua… ¿qué pasaría? Qué va a pasar… que los niños de la compañía hidrovenenosa cortaron el agua sin aviso porque siempre se rompe un tubo cualquiera y ellos los fines de semana no trabajan porque tampoco lo hacen los días de semana. Decido cargar unos perolitos de agua a un tobo para echarme un baño de totuma y… ¡Sorpresa! El tanque esta vacío por la misma falta de agua que la junta de condominio además aprovecho para hacer unas reparaciones y a mí nunca me pasaron un miserable papel que informara de la situación… sabiendo lo que se paga en condominio, ¿ni siquiera un copiecita de la vaina? “ay, se me olvidó, pero todo el mundo sabía”, “Depinga” dije pero como yo no estoy chismeando todo el día por el edificio entonces se me excluyó flagrantemente… ya la arrechera pretendía extenderse a lo largo del día. Llamé a mi hermana y decidí ir a bañarme a un lugar más noble de la ciudad. Tomé las precauciones del caso y salí… no sin antes echarle una mirada de odio aquel edificio que un día de niño adoré…

Coloqué mis audífonos y me dispuse a caminar porque ya había aprendido la lección del transporte publico en este país: se quedaban accidentadas, te reclamaban el pasaje al subir de una manera amenazadora y con el tono ese de “pol fabol” que ya me ladillaba no solo ahí sino también en la panaería, la falmacía, el supelmelcado y siga contando el lector en cualquier ámbito posible de esta ciudad donde hubiese un intercambio de bienes o valores comerciales y sus infaltables valores culturales populares; los atracos en pleno movimiento y sus consecuentes secuelas de gritos histéricos y mentadas de madre, los choques por parte de la imprudencia de conductores en toda la ciudad con licencias chimbas producto de la viveza criolla de gestores y cómplices funcionarios de transito extraterrestre y los mismos conductores que a ritmo descabellado y volumen brutal de reggateon alcanzan velocidades peligrosas en calles descuidadas por gobiernos locales y nacionales con una firme conducta de no pararle bolas ni a la ciudad ni a los “animalitos-pueblo” que andan por ellas…
Así que con mi cuaderno clásico para escribir mis clases-poemas-números de teléfonos-emails-dibujos, le di un empujón rítmico a mis piernas y salí medio feliz a caminar pensando en que por el camino vería muchas jevas y eso alegraría la caminata… ¡nada más lejos de la verdad! Cuadras y cuadras de calles llenas con carros montados sobre las aceras, buhoneros en algunas, telefoneros en casi todas las esquinas (el servicio publico nacional de teléfonos públicos había sido desarticulado por el hampa común y el hampa institucional para aumentar las ventas en teléfonos celulares) y cualquier cantidad de motos fabricadas en China invadiendo las aceras, no sólo estacionadas en los lugares más prohibidos (bancos, casas de cambio) sino comportándose como peatones y a velocidades de insulto: la cornetica “pa que te quites chamo”; la desilusión de un mejor día por no ser tan comeflor se iban desvaneciendo incluso pensando que el país y la ciudad mejorarían con cada buena acción ciudadana que yo realizase (de otra manera no hubiese empeorado, eso era imposible), continué mi ruta bajo los influjos de los peterzombies tratando de interiorizar un risa a pesar de los pocos atributos urbanos que la calle no parecía exhibir, o por lo menos yo no lograba verlos. Me bañé y seguí no sin antes pensar que lo mas depinga es tener una hermana cerca de tu casa…
Ya cerca de mi destino universitario la situación parecía mejorar, pero sólo en apariencia porque las pocas chicas que se veían por ahí parecían salir de una película de horror en función de media noche: se vean desconfiadas y con los ojos desorbitados mirando de lado a lado ante un asaltante inesperado, un borrachito impertinente o ante un recogelata oportunista, a eso se unía la más rancia de las colas en todas las calles de Caracas desde las avenidas hasta las calles ciegas… no cabía un carro más en la ciudad…
Mientras yo secretamente reía en mi descubrimiento de caminar por CCS con el riesgo que eso también implicaba y el estado de estrés que se podía alcanzar al cruzar una avenida donde ante la mirada, casi se diría bucólica de unos inútiles fiscales, los conductores se “devoraban” impunemente los semáforos como si no supieran lo que significan los colores o “cojiendose” los rayados que no existían porque no los pintaban desde la última campaña política, había que estar atento de que no te arrancaran el celular o el mp3, sin hablar de que los atajos existían solo para ser transitados cuando una gran masa de gente los utilizaba en horario de niños porque cruzarlos de noche era un acto de ignorancia en la preservación de la vida… Yo perseguía una imagen utópica de una mejor ciudad sabiendo que esta había alcanzado el punto de no retorno, ese que ya no permite arreglar nada porque la espiral turbulenta de la flojera es indetenible y va por todos los rincones de la ciudad como un vengador anónimo cobrándose el desarraigo a la que fue sometida… En esa venganza los árboles son serruchados por compañías anónimas subcontratadas por un Estado que le encanta delegar, los huecos son tapados más por la ladilla de tener que calarse a una señora llamar todo los días que por una verdadera voluntad profesional (no sentimental) de arreglar los problemas vecinales que son los que finalmente terminaran descargando su ira sobre la ciudad “porque como en la mía no arreglan nada” se produce el efecto de transferencia en una pique citadina acostumbrada a dar resistencias ante las ideas…
Como todo no están malo la universidad se había convertido en un oasis: ahí se hacían amigos, conferencias, mujeres… se hablaba con ganas, se compartían conciertos, se leía… el día parecía transcurrir con suavidad sólo interrumpido por alguna caminata reflexiva por los alrededores y comprobar que también “nuestro” espacio sufría la presión externa de una ciudad llena de basura, alcantarillas robadas, trabajos paralizados, burocracia e inseguridad del tipo rateril (nada se podía dejar pagando). Era en ese momento que se encendían las clásicas e interminables discusiones, esas verdaderas… sin gritos sin insultos pero con muchos ademanes y voces contrastadas… la lógica de una ciudad hostil nos envolvía en un aura de sabiduría y como hablar paja daba mucha sed, la voz inevitable de un compañero elevado espiritualmente se convertía en una algarabía contenta de haber llegado a un acuerdo ante el anuncio predecible “nojoda… vamos a tomarnos una birras”
La tarde caía sobre aquellas cabezas flameantes y una vez elegido el sitio que por su economía de precios y su cercanía ofreciese las mejores prestaciones, la ciudad se veía envuelta en una visión encantadoramente triste… por alguna extraña razón el movimiento en la ciudad seguía y nosotros estacionados disfrutando de nuestra quietud, de esa que nos permitía reírnos de la calle, echarnos los cuentos, escribirnos poemas… Era aquel punto intermedio de conciliación entre los ciudadanos y ambiente construido que nosotros lográbamos sin ser pretenciosos, un espacio donde lo que sucedía estaba en condiciones de enriquecer la ciudad…

El punto álgido se convertía en una desbandada ante la ciudad nocturna depredadora, de acuerdo al día de la semana algunos conspiraban con planes como “coño mañana tengo examen” o el clásico sacaculo “mañana chamo… mañana la echamos bolas”, el imponderable “unas birritas mas y después le damos calabaza” y unos de mi favoritos “nojoda yo espero el Metro a las 5 y media(AM)”, pero todo sucedía en el marco del terror donde un subterráneo cerraba a la 11 (PM) (entonces o se corría o no se trabajaba es ese horario), donde un sistema inexistente de taxis cobraba las tarifas mas insólitas (chamo son 50 mil) para llevarte 4 cuadras y eso cuando no te veían de arriba abajo y te hacían con el dedo que no estaban de servicio para pararse más adelante ante la mano temblorosa de una viejita (que también va asustada porque no sabe con que clase de loco se montó), donde las panaderías cierran a las 9, los locales nocturnos (taguaras, bares, etc) a las 12 máximo, discotecas a las 2… y aquí es donde empieza el verdadero horror: amplios sectores de la ciudad sin iluminación, extensa calles con edificios-muertos de oficinas, lateros, UNA patrulla policial por noche, alcabalas fantasmas semáforos intermitentes, impunidad, areperas sin birras y sin Marlboro rojo…
Solo había que conocer este pequeño infierno para no querer conocer más, las amistades se limitaban o se iban del país, las salidas eran casas con la caña comprada en la licorería (solían ser mas divertidas), porque salir a un local solo para darse cuenta de que estabas en una rumba en casa de un pana solía ser medio frustrante: CCS se convertía en pasos agigantados de pueblo con edificios a caserío con centros de comunicación; la mala atención, la curda carísima y el ambiente físico sin extractores en cualquier lugar, no eran la opción mas viable en una ciudad que moría de mengua ante tanta basura regada por perros callejeros sin control sanitario, edificios públicos más parecidos a una cárcel que a una tasca convertida en after hours….
Ya no sentía nada por ella, sentado en un banquito de alguna plaza municipal segura… esperaba el inicio de otro día infeliz, controlado por la ineptitud, la desidia, el desamor, la desilusión, la inexpresividad en las caras, la sensación sin importancia, la decoloración… un friíto se apoderaba de la madrugada y yo ya era puro Rock & Roll, escuchando con el mp3 una sólida canción, tratando de no pararles bolas a la venida del sol pero que tampoco me agarrara aguevoneado…
Supuse que a cualquier hora que uno agarre el Metro debe ser la misma vaina… siempre explotado y malhumorado… decidí bajarme para tomar otra ruta a mi casa y me subí a un carrito… las calles de vuelta apenas se despertaban, eso me dio una ventaja… todavía no se veía mi cara. Baje para continuar el trayecto a pie… ya sólo quedaban unos pocos metros cuando de un árbol salió un malandrín… “chamo dame algo ahí el mío”… lo miré con la misma cara que había visto en casi todo mi periplo por la ciudad… la de culo, y seguí sin emitir ni una puta palabra… no escuché su refunfuño, sólo miraba de reojo su silueta pedigüeña alejarse… entrando al edificio un perro furioso vino a importunarme… tranquilamente hice lo mismo que con el malandrín…. subí un par de pisos y toque la puerta… (nunca había tenido llave de mi casa)… suenan los cerrojos y mi madre con cara de perro-malandrín juntos, me recibe con palabras que no escucho… en el trayecto a mi cama ajusto alarma… caigo con todo y ropa, sin bañarme pues no sé si habrá agua, sin desayunar…sin saber cuanto tiempo voy a seguir en esta ciudad… ¿ciudad?… sueño…










































