
La comedia del director Luis Estrada toma lugar en el México del futuro (no muy lejano) cuando el gobierno anuncia ante una reunión del Banco Mundial que ya no hay más pobres. Pero el vagabundo Juan Pérez (Darnián Alcazar) termina por accidente en la cornisa de un edificio, atrayendo los reflectores de los medios que piensan se suicidará para protestar contra el gobierno. El secretario de economía (Antonio Serrano) le ofrece un trabajo, una casa y un coche al manifestante para limpiar la imagen de su administración, y ante esta situación los amigos de Juan deciden seguir su ejemplo, pero el secretario decide declarar la pobreza un delito para evitar una ola de pobres suicidas y encarcela a nuestro héroe durante tres años.
La trama es lo de menos por las nada sutiles similitudes al esquizofrénico escenario político de los últimos años. El mensaje, como lo fue la Ley de Herodes (1999), trata de influenciar directamente a un electorado dividido en tres opciones políticas y a un gran número de ciudadanos que se abstendrán de votar el próximo 6 de julio. Sí La ley de Herodes fue la ridiculización de las corruptelas del Partido Revolucionario Institucional, Mundo es la crítica devastadora al gobierno de Vicente Fox y al modelo económico neoliberal que presume la reducción marginal de la pobreza extrema (pero no de la pobreza “normal”). De lo que estoy seguro es que nuestro amigo Julio repudiará este trabajo y lo tildará de radical, ya que “mañana México será mejor que ayer porque México ya cambió”, según reza el obsceno bombardeo de spots publicitarios del gobierno federal.
Pero las similitudes con el México de hoy no se quedan ahí: El Mercurio, diario opositor al gobierno, es en realidad La Jornada. Cuando Juan Pérez es encarcelado miles de ciudadanos le dan su respaldo y se manifiestan con camisetas de “todos somos Pérez”, similar al “todos somos López” de la marcha contra el desafuero de AMLO en abril pasado, además el protagonista llega a declarar que todo es un “complot” en su contra. Hay repetidas menciones al “gobierno del cambio”, a los “neoliberales”, al asqueroso “populismo” y al servilismo del gobierno ante los Estados Unidos (la decoración de las oficinas y de las conferencias de prensa se asemejan más al de la Casa Blanca).
Para su género Mundo maravilloso es demasiado larga (casi dos horas), pero la musicalización, el sonido, los cameos (Jesús “Chobi” Ochoa, Diego Luna, María Rojo, Poncho de Santa Sabina), la edición y la fotografía son impecables, gracias al apoyo de la 20th Century Fox. También hay varios homenajes culturales como la similitud de Juan con Tin Tan cuando recibe una rasurada y un corte de pelo. Sin embargo, el mensaje contra el gobierno es demasiado reiterativo, a veces rayando en lo simplista y a muchos les parecerá exagerada la posición antirreligiosa (se reitera que “Dios no existe” en varias ocasiones) cuando la iglesia católica, autoritaria y mezquina, echa a Juan dos veces del templo.
La nueva película de Luis Estrada no deja de divertir y entretener, dirigiéndose a un auditorio no familiarizado con temas políticos pero irritado por una economía estancada que anualmente expulsa a 500,000 mexicanos del país y obliga a millones más a sumarse al comercio informal. Las carcajadas de los asistentes sólo reafirman lo que todos ya sabíamos desde hace muchos años: la transición de 2000 del Partido Acción Nacional fue la consolidación de un sistema económico que beneficia a la minoría más acaudalada, corrompe a los nuevos ricos (la clase media beneficiada por la explotación de la baja) y reprime a los más pobres. Cualquiera que niegue esta realidad tiene que hacer un reality check; puede estar viviendo en un universo de fantasía.










































