Que viva la proxémica
Que vivan las alegorías
Que viva toda la paralingüistica que tengo detrás de la lengua mía
Así no es, pero así sonaban las palabras de la canción de Drexler en mi mente, mientras me volvía a quemar los ojos en la regadera, con un shampoo que parecía semen pero al menos, no advertía ser de caballo.
En teoría el comunismo funciona, … en teoría.
Esta no es una afirmación que le he prestado a Marx, menos a Engels, en realidad es un flashback capitalista que me produce un recuerdo Simpsoniano reciente, y sin discusión, en cierta forma la historia comprueba que Homero tiene razón.
Usando el mismo enunciado, yo puedo decir con la perspectiva que me da el no ser Merideño mientras vivo en esta ciudad, que Mérida es un lugar mágico y metafísico pero que inexorablemente tiende a lo trágico. Partiendo de lo prestado debo advertir en principio que acá el préstamo es un acto que se entiende al contrario; es decir, prestar como verbo significa pedir prestado. Si te presto, es que te estoy pidiendo y en este sentido quiero prestarle a la ciudad algunos minutos nuestros, para compartirlos con Uds.
En la Catedral del centro no habita un jorobado que se enamore de esmeraldas y a demás cague campanarios, este trabajo con ahínco y devoción, que sin poder precisar como judías, cristianas o evangélicas, lo cumplen centenares de palomas, o como también les dicen, centenares de ratas voladoras, todos los minutos de algunas horas del año, dándole así ese aspecto indispensablemente toxoplasmosico que deben tener las iglesias, al reposar en sus cornisas restos de moho, plumas y excrementos. Estas mismas palomas en el día juegan con los niños y se comen el pepito y los restos de churros que éstos dejan caer al suelo, aunque saben por instinto que las sobras no son suficientes para llevar una vida sana y balanceada como recomendaría Penzini Fleury.
Así como en Calcuta, Teresa combatió el hambre al punto de fascinar a Laidy Di, en Mérida vive una señora de cabello blanco-rubio que por razones fantásticas me referiré a ella como Hada. Todos los medios días, salvo fines de semanas, Hada se deja ver alimentar a sus malqueridas palomas que vagan entre la Plaza Bolívar y la Catedral. Su ritual urbano tiene un horario más serio y consecuente que el de cualquier Ministerio, aunque su duración sea corta, y supere escasamente los tres o cuatro minutos. La rutina es tan respetada que me permite afirmar que entre la una y las dos de la tarde, el centro en general queda libre de palomas, cuando todas se largan de sus puestos de trabajos, buscando los mejores lugares en la cola que se forma sobre el último semáforo del primer viaducto de la ciudad, y el tejado de un esquinero Centro Comercial.
Pan duro o maíz es lo único servido, pero siempre es servido, siempre son los mismos 14 kgs que Hada vacía en la acera para sus palomas. Ellas, siempre-en-vilo, luego de dispuesto el festín, planean desordenadamente a picotear su plato de asfalto, llenando sus pansas como cualquiera. Ciertamente, durante esos tres o cuatro minutos en ese segmento de la ciudad reina una genuina anarquía que patea cualquier vestigio de orden social: capitalista o comunista, ¡que importa!. Las más novatas a veces pueden morir debajo de un caucho en un fallido vuelo kamikaze, si la gula, o el hambre les afecta los sentidos. Las otras, expertas y sobrevivientes, luego de saciar su hambre, se echan al aire para quitarse la sed residual de sus picos, robando agua clorada en una piscina pública cercana.











































