Desde que supe que Kevin Johansen volvía a Venezuela, me llené de un sentimiento muy parecido al que sentí a mis 15 años cuando era fan de cualquier boy band gringo. La idea de persecución, de tener todo tipo de información y saberme todas las canciones de pies a cabeza, invadió mi cuerpo.

El miércoles era mi primer gran día. Aunque Kevin ya llevaba en Caracas dos días e inclusive se había encontrado con Drexler, yo no lo había visto. Mi mejor excusa para conocerlo era hacer las fotos de una entrevista que realizaría un amigo mío para otro medio; mis amigos creen en mis fotos, así que fue un tiro al piso.
Alrededor de las 5y30 p.m. me llegó la hora: subimos mi amigo, otro periodista y yo hasta la pequeña terraza con piscinita decorativa del hotel Pestana, lugar donde se llevaría a cabo la entrevista, además de ser el sitio donde se alojaba Kevin. Nos presentaron, saqué mi cámara y capturé unas 10 fotos; me senté y sólo me quedé a escucharlo. Comenzó por reírse de lo particular que son los nombres venezolanos, especialmente contradictorio cuando su hijo se llama Tom Atahualpa. Nos comentó que le gustan las películas de Woody Allen, su admiración por la humildad en los músicos y el recuerdo de que la primera vez que conoció a Caetano Veloso, éste lo invitó a comer pizzas en Buenos Aire. Se ríe mucho y es pausado, jode, habla en inglés y en español. Nos explica cómo fue su vida en NY cuando tenía que trabajar como asistente de cocina y vendedor ambulante de películas, antes de empezar a tocar en el famoso CBGB. También devela que la primera Cumbiera Intelectual fue su madre, quién le ponía libros de Huxley casi en la boca cuando era preadolescente y, que desde que ella murió ya no lee tanto como antes. En fin, pasan los 40 minutos y se acaba la entrevista. Nos despedimos y siento que ha valido la pena conocerlo: es un tipo de esos con los que te provoca hablar hasta las tantas con algún trago deshinibidor en la mano.

Del Pestana me voy al Centro San Ignacio, para seguir viendo a Kevin, esta vez no tan íntimamente, sino rodeada de un centenar de personas que fueron al lanzamiento de Casa 4 de FamasLoop, disco en el cual Johansen colabora en una canción. En el San Ignacio, espero mientras cantan los Famas y, casi al final, sale Kevin a cantar su parte en la canción Chinita. La gente lo aplaude, él canta baila, termina y se va. A los minutos me comentan que irá al día siguiente a Barrabar, al Parlamento de la Salsa.

El jueves puntualmente cuadré con las personas necesarias y fui a Barrabar, igual si el argentino no iba, podría bailar salsa aunque sea. Llegué a Barrabar y estaba inundado de gente, normal para un jueves previo a la quincena. Esperando y bailando, él y su séquito llegaron a la pachanga salsosa. Nadie se había dado cuenta que estaba mientras seguía parado en el sobrepiso que está cerca de los baños del local, pero a medida que se empezó a acercar a la tarima, cuando ya tocaba el famoso Guajeo, varias personas comenzaron a pararlo. Los ya tomados personajes le preguntaban: ¿Tu eres Kevin Johansen? y él respondía entre agradado y aburrido: Sí, soy yo, y por su parte, quien lo paraba, repreguntaba: ¿Te puedes sacar una foto conmigo? y él accedía al parecer encantado del asunto. Eventos como este pasaron en cuestión de minutos y en metro cuadrado. Por fin llegó cerca de la tarima, lo saludé (sí, no te acuerdas, yo soy la te saqué fotos ayer; ah, claro –y el beso correspondiente-), y empezó a bailar. Sí, el tipo baila salsa decentemente. Y bailó rato, con todos juntos en una especie de olla obligatoria por lo pequeño del local.

Se acabó el toque (El Guajeo tocaba esa noche) y siguieron las fotos más extrañas con personas que a simple vista no sabían quién era él, le hice algún comentario y se fue. Algunas fuentes secretas me dicen que siguió a Suka y a El Sitio, a bailar reggaetón hasta las 5 am. De la misma forma lo único que pidió el viernes cuando ya había llegado Liniers a la ciudad, era bailar reggueton e ir a boliches después de que cerraba el último donde estaba.
Llegó el sábado, día de la presentación de Oops! La lluvia me hizo llegar a Corp Banca tipo 6 para ver la prueba de sonido. Efectivamente entré y solo estaba Liniers sentado en la silla –en la que posteriormente se sentaría Kevin- tocándo en la guitarra, la única canción que se sabe: Knockin’ on Heaven’s Door. Espera, toca y se ríe solo, mientras arreglan la cámara que proyecta la mesa de dibujo donde a él le toca estar en el espectáculo. Al rato llegó Kevin, intercambiaron puestos y empezaron a conversar cómo iba a ser la dinámica: cuándo sacaba la guitarra de Hello Kitty, cuándo el dibujante decía tal chiste o tocaba mal su armónica. En fin, terminó la prueba, llegaron más medios para entrevistas y yo decidí salir para disponerme hacer la cola y entrar al espectáculo.


Empezó el Citizen, se prendió la cámara, alguien hizo un trazo y sonó una guitarra. Sólo puedo decir que la dupla fue realmente enriquecedora; que Liniers es como el amigo que parece bobo, pero que en fondo es demasiado inteligente e interviene para dejarte con la boca abierta. Johansen por su parte, es el tipo que sabe mezclar mil cosas que no tienen nada que ver, y convertirlas en un concepto musical con mucho sentido que seduce a cualquiera.


Se acabó el concierto, me quedé sentada un rato, salí de la sala e intercambié comentarios. Horas más tarde volví a mis 25, donde no persigo a músicos, no corro de un lado a otro, ni soy groupie. Ja, seguro!

Más fotos aquí. Gracias a Rodrigo Blanco y Dakmar Hernández, y a Salvador Fleján (y el caraelibro) por la foto de Barrabar.









































